"En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver"
PECES DE CIUDAD
JOAQUIN SABINA
Sería malagradecida y mentirosa si me quejara de mi vida. Es verdad que como todos he tenido qué recorrer caminos dolorosos, de esos que toman años apreciar a la distancia para entender el aprendizaje de semejantes recorridos. Pero en general mi vida es, si no perfecta, sí la que quiero tener.
Actualmente mi amiga Sofi está pasando por un proceso de duelo un año de la muerte de su mami. Ha sido tan terrible como el de todos aquellos que hemos perdido a un ser querido. Muchas de las personas que quiero –Abril, Justine y Pablo, por ejemplo– se han visto un buen día, preguntándose cómo es posible que la vida cambie de tal manera, en un solo instante, y a partir de ahora sea un incierto caminar hacia delante, donde no sabemos qué nos espera, ni qué hay, pero sí sabemos que debemos andarlo porque no hay posibilidad de volver atrás. Nada de lo que hagamos nos hará regresar a ese paraíso del pasado, mismo que muy probablemente –humanos al fin– no valoramos cuando lo teníamos.
Y cuando uno anda como debe (o mejor dicho, como puede) por esos bosques, acaba resignándose a que así tenía qué ser. A que esa herida que no paraba de sangrar hoy no es más que una cicatriz. No me refiero sólo a las pérdidas causadas por la muerte; sino a las pérdidas que nos marcan y que llegan a nuestra vida porque "así tiene qué ser", porque "no somos ni los primeros ni los últimos" y porque "es cuestión de tiempo para entender que uno puede sobrevivir".
Es cierto, hoy ando un poco melancólica. Justamente en estos días en los que mi vida terminó de resolverse de manera exitosa, justo ahora que estoy realmente bien. ¿Y porqué carambas me viene a pegar ahora le melancolía?
No lo sé a ciencia cierta. Pueden ser las hormonas, el clima o el calendario… de pronto hay días…
Últimamente mis charlas con Sofi se reducen al tema de sobrevivir a los duelos. No obstante que ese dolor no se lo deseo a nadie me siento útil al saber que mi comadre puede contarme cómo ve la película desde la butaca en la que está sentada ahora. Y me siento bien de saber que tarde o temprano la verá mucho mejor (aunque ella lo dude). El otro día, en que amanecí nublada por dentro, mientras platicaba con Sofi, me percaté de que el juego de vivir, de recorrer las parada de tren llamadas ALEGRIA, AMOR, DESOLACION, etc, es mucho más simple de lo que todos creemos.
Es tan simple, que basta un segundo para que una persona deje de jugarlo. Y quienes seguimos aquí, nos acostumbramos a seguir aquí. Y con el tiempo, nos integramos de nuevo a nuestro mundo; En el que luchamos a brazo partido por conseguir todo lo que queremos. Material o no.
Nos enfocamos en objetivos como ahorrar para comprar zapatos nuevos, o ser paciente en una relación porque queremos que esta vez funcione. O volcamos toda nuestra atención en criar a un pequeñito que nos llamará padres; o tal vez, ponemos a un santo de cabeza para que ese ser que nos trae de un ala, nos haga caso por fin.
Sin embargo hay días en que nada de los que nos rodea parece valer la pena, en que daríamos todo lo que somos con tal de volver a ese momento del pasado, en el que fuimos infinitamente felices. Y no deja de ser chistoso como todo lo importante es relativo.
Es verdad que me tomo la vida más alegre y que escribo de todas esas anécdotas –hilarantes desde mi perspectiva– que me hacen ser quien soy. Pero es verdad también que por momentos, no tienen la menor importancia y cambiaría todo por estar de doce años, jugando damas inglesas con mi padre, quien tiene cuatro años de haber partido.
Lo bueno es que los caprichos no se cumplen. Y por mucho que lo desee, y aunque a ratos me duela no poder volver atrás, me alegro de que así sea. De otro modo, vivir no tendría sentido. Y si viviera sin sentido, no sería una digna hija de ese hombre a quien tanto extraño.
Felices pasos.
Violetta Verdú
(Tomado de MILENIO)